miércoles, 9 de diciembre de 2009

"En Brasil vivimos la boda que habíamos soñado"

La luz del atardecer fue testigo de la última de las ceremonias con que Emilia Attias (22) y Naim “el Turco” Sibara (43) sellaron el amor que desde hace cuatro años cambió sus vidas. Abrazados y de espaldas al sol vieron cómo la barca con sus ofrendas para la diosa Iemanjá se adentraba en el mar con su carga de velas, flores blancas y celestes -los colores de Iemanjá-, caramelos y peticiones que los seres queridos de la pareja escribieron para ellos. Todo sucedió el lunes 7 de diciembre en una playa de Arraial d’Ajuda, 700 km. al sur de Bahía, Brasil, hasta donde los recién casados viajaron junto a un pequeño grupo de familiares y amigos para celebrar la culminación de su boda, primero por Iglesia, en una pequeña y pintoresca capilla del 1500, y luego frente al mar, por el rito Umbanda. “Soy una persona muy espiritual y para mí era importante que nos casáramos en un marco de espiritualidad, pero además necesitábamos esta intimidad, lejos de todo y junto a las personas que queremos y nos quieren, los que forman nuestro mundo. En Buenos Aires siempre estamos ocupados, con mucho trabajo y obligaciones y no podemos compartir tantos momentos como quisiéramos con nuestra gente cercana. Lamentablemente no pudieron viajar todos”, dice Emilia, ya tranquila y relajada, con una sonrisa confiada, dejando que su mirada se pierda a lo lejos como si sobre el mar contemplara la escena de sus sueños realizados.

Y es que el mismo lugar es soñado. La playa Aracaipe, sobre la que se encuentra la posada Sitio de Sao Francisco, es una de las más bellas de Arraial D’Ajuda, un pequeño pueblo costero de casas coloridas al que se llega desde Puerto Seguro, cruzando en balsa el río Buranhém. Hasta allí viajaron el domingo Emilia y “el Turco” ya convertidos en marido y mujer por la ceremonia civil que tuvo lugar el jueves 3 en Buenos Aires. No fue casual la elección del lugar.

Allí vivió Naim Sibara y su familia hace más de veinte años y en Puerto Seguro vive su hermano, Yemil, que se casó con una brasileña, Cristine, con quien tuvos tres hijos, Viara María, Chiara María y Aaron Sibara Bastos A su encuentro fueron la pareja, la mamá y el papá de “el Turco”, Alicia Secchari y Julio Sibara, la mamá de Emilia, Poupée, y su hermana Luciana con su marido, Tomás Villalba, además de María del Carmen Alvarez, una íntima amiga de Emilia, y el testigo del novio, Lalo Tinte. Un grupo ínfimo comparado con los más de doscientos amigos y familiares que el jueves festejaron durante doce horas la boda civil en San Fernando Y sin embargo, a pesar de ser pocos y estar alojados en una posada de apenas seis suites, no llegaron a coincidir en la cena del domingo y terminaron comiendo por separado El lunes los esperaba otra larga jornada

Muy temprano en la mañana, alrededor de las 08:00, la modelo y actriz de Multitalent y su esposo se reunieron con el sacerdote que los casaría más tarde Primero, charlaron los tres y, luego, cada uno por separado, se confesaron Cada paso que los llevaba al altar fue dado y, a las 14:00, la iglesia de Nossa Senhora d’Ajuda, ubicada al fondo de la calle Bróduei, vio llegar a una espléndida novia que hasta poco antes de la ceremonia no estaba segura de cómo iba a hacer su entrada “No sé si voy a entrar del brazo de mi novio o si él me va a esperar junto al altar”, decía.

—¿Novio?

—Mi marido, todavía no me acostumbro.

—¿Él ya vio su vestido?

—Noooo, no vio ninguno antes, ni los dos que me puse en el civil, ni el que voy a usar ahora.

—¿Y usted lo vio a él antes?

—No, tampoco.

—NAIM: Pero elegiste mi ropa. Antes del civil, te mostré tres pares de zapatos y me dijiste cuáles me tenía que poner.

—EMILIA: Sí, es verdad, Pero de la iglesia no sé nada.

—NAIM: Me voy a poner el pantalón blanco que me regalaste y la camisa que me trajo mi cuñada de Ibiza.

El secreto del novio había sido develado, faltaba mencionar las ojotas blancas. La novia que entró a la iglesia, construida en 1520, una de las primeras que se edificó en América latina, llevaba un vestido de la misma diseñadora que la vistió para el civil, Ana Livni. De color blanco y tejido en hilos de seda italiana, era sencillamente impactante. Distintas tramas permitían mayor o menor trasparencia y un breve viso, como una mini, cubría el cuerpo de Emilia desde la cadera hasta la mitad del muslo. Una pronunciadísima espalda completaba un diseño que le quedaba fantástico, puro movimiento y osadía, que llevó con un recogido de sus rastas trenzadas. Hasta la iglesia, Emilia llegó en un auto con su suegro, su mamá y su hermana, pero el camino hacia el altar lo hizo sola. Una vez más, ninguno de los dos intentó ocultar la emoción que los embargaba. “Quedé encandilado, como cada vez que la miro”, diría “el Turco” luego. Habían sido días de preparativos, de intensa actividad, incluido un viaje de varias horas, pero ya estaban ahí, en la culminación de cuatro años de amor. Viara y Chiara, las hijas del hermano del novio, les acercaron los anillos, el sacerdote los bendijo y saludó a los novios con mucha calidez. Los dos quedaron encantados con él: “El padre Estanislao es una persona con una energía maravillosa, tuvimos mucha suerte que él nos casara”, dijeron.

Sólo faltaba arrojar el ramo y Emilia lo hizo en la parte posterior de la iglesia, y fue a parar directo a manos de su amiga María del Carmen. “Cada momento lo viví con gran emoción, porque tengo a mi lado a la persona que elegí para toda la vida. Estoy con la mujer más sana y más hermosa por fuera y por dentro”, dice Naim sin ningún pudor de mostrarse entregado. “Todo lo viví súper segura. Nunca tuve un momento de duda. Cuando hay un amor que va creciendo como el nuestro, no hay dudas, ni idas y vueltas. Lo que viví en estos días fue pura felicidad y emoción”, dice la bellísima novia.

En la posada, en medio de una vegetación exuberante y árboles centenarios se sirvió el almuerzo para un grupo que, finalmente, no fue tan íntimo, que acompañó a los novios en su aventura brasileña, porque allí estaban los amigos del actor y comediante que viven en Arraial. En el espacio central, una piscina de aguas cristalinas refleja el fabuloso escenario. Alrededor, cada suite tiene su deck con hamacas. Un espléndido marco para la celebración que contó con un menú de platos brasileños entre los que destacaron los pescados y mariscos y que fue muy bien y alegremente regado con caipirinha, sangría y vinos de Escorihuela Gascón que aportó el contingente argentino. Durante el festejo, disfrutaron de un show de bahianas.

Hacia las 18:00 todos se trasladaron hasta la playa donde un Pai de Santo presidió la ceremonia del rito Umbanda que transcurrió alrededor de la barca que se ofrecería a Iemanjá. Emilia no se cambió de ropa, pero “el Turco” optó por dejar sus pantalones y vestir unos shorts. Los tambores sonaban en el atardecer que rápidamente se transformaba en noche. “Fue algo increíble, durante una hora y media la energía no paró de crecer. Nada de serenidad, todo con mucha fuerza, gritos, baile, maravilloso. Cuando ya íbamos a dejar partir la barca con las ofrendas, le tiramos encima pochoclos dulces y también los tiraron sobre nosotros. Todavía no puedo salir de esta sensación tan intensa”, dice Emilia eufórica, poco antes de volver a la playa para cenar todos junto al mar.

“En Brasil, vivimos la boda que habíamos soñado”, dijeron más tarde los novios, felices, relajados, sólo conectados con un presente que no podrían haber imaginado mejor. Era el final final.






Por Mónica Tracey

Fotos: Cristian Welcomme/Perfil


Fuente--> Caras

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